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Matar rápidamente a tus protagonistas

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MiniFic Matar rápidamente a tus protagonistas

Mensaje por Queen~ el Lun Ene 11, 2016 3:40 pm

Título: Matar rápidamente a tus protagonistas
Terminado: Sí.
Autor:Queen~
Fandom: Japón (Meji)
Género: Romance, drama.
Crossover: -
Advertencias: Además de la continua referencia a la protagonista que es una prostituta, no hay ninguna experiencia explícita.
Clasificación: +15
Nota de autor: Para entenderla, es necesario leerla del todo.

Matar rápidamente a tus protagonistas


Así, en el fondo de los mares como en el seno del aire, todo tiende a la vida, todo sigue su curso incesante.
Ahora, Fleur contempla con una calma inquebrantable el cadáver mal acabado del que tendría que haber sido su marido. Aquel par de lapislázuli siguen abiertos por completo, una expresión de sorpresa silencia los gritos en japonés alrededor; las manos que intentan extirparla de la escena creyendo que dicha visión la traumatizará regalan cierta ridiculez a esta su indiferencia. No la conocen, no: no se asustará tan fácilmente.

Los ojos de un muerto son seductores, tal vez por ello se cierran rápidamente después de la defunción. Están vacíos de toda humanidad, hundidos en otra verdad, que no la de este mundo, convirtiéndose en uno más de los adornos materiales del existir, desprendiéndose de toda vida. Así son los ojos de Fleur, y así están los de Konrad. Los de ella, de un gris turbulento, carecen de expresión alguna. Son huecos, justo como los de su prometido ensangrentado en el suelo junto al otro cadáver. Levanta la barbilla orgullosamente, vigilando por un momento el lugar que pisa, avanzando un pie en pos de valor y seguridad. Rápidamente un oficial le posa una mano en el estómago para que no se inmiscuya ni pise un vómito asqueroso en el suelo, pero al mirar hacia arriba descubre una mujer nada susceptible al dolor ni a las amenazas.  La mirada de alguien que lo ha pasado todo, y a quien nada puede ya sorprender. De hecho, si miras el reflejo del hombre muerto en los orbes de la señorita, si consigues el valor suficiente como para aguantar la presión de sus ojos charlatanes y sus delgados labios partícipes de un silencio aterrador, hallarás cierto regocijo, una especie de alegría macabra, una truculencia descarriada por algo que la ha sacado por fin de la monotonía; una especie de felicidad, de exaltación por antonomasia. Retorcida y cruel, hasta cierto punto satírica, una burla de la realidad, una búsqueda incesante de emoción, sea cual sea su origen, que la separe de su aburrida vida. No le importa la muerte de Konrad, es más que obvio: tampoco se molesta en disimularlo. Poco a poco, el oficial va retirando la mano, como si hubiera descubierto ese pequeño secreto morboso, esa voluntad esperpéntica de la realidad que Fleur exhalaba de manera perturbadora pero natural.

Pronto se la tratará como la mujer que ha perdido al hombre que amaba. Lo desea. Desea ser la víctima, alimentarse de una desgracia que no ha sido suya; abrazarla y lamentarse injustamente y de forma indebida por un fallecimiento sin importancia. Quiere nutrirse de la energía que todo el mundo pronto dedicará a darle el pésame. Pero…Ah. Ahora ya no lo quiere: gira la mirada hacia otro lado. La idea que hace un momento le había arrancado un poco de interés, se desvanece como la luna llena entre las nubes: ya se la ha comido, la ha digerido, la ha expulsado. Ya la ha vivido. Ahora necesita otra, necesita más. Se da prontamente la vuelta después de parpadear por primera vez, separando sus ojos de los del difunto al entender que tal vez hacía minutos que aquellos permanecían cerrados: los oficiales le habían hecho el favor. Favor que ella no necesitaba, porque los ojos de un muerto son seductores, no la incomodaban: le resultaban atractivos.

-Esta noche no molesten al señor Nikele – El deseo de que la trágica nueva no sea comunicada al padre del hombre muerto ha sido su primer y único comentario. Quiere dormir. Descansará como hace tiempo que no descansa, y al despertar, un día como otro cualquiera amanecerá sin que nada importante haya sucedido. Está convencida.

Sentada en un sofá acolchado de satén azul, dirigió su mirada venenosa hacia sus dos amigas para seguir relatando los acontecimientos. Aquellas la miraban con una leve sorpresa, indignación y dejando entrever algo de lástima.
-Pues sí, la pobre tonta se cree que no es una prostituta.

Y lo repetía, como si fuera algo increíble, intentando extraer el máximo jugo a la afirmación. Cualquier memez les servía para pasar el rato, así de superficiales eran; después de todo, y principalmente, mujeres: seres de cabello largo e ideas cortas . Preferían hablar durante horas de lo guapas que eran y de la gran fortuna que amasaban sus hombres en un país podrido, anticuado y barato como aquel a plantear una conversación de mínimo interés social, político o cultural. Años después, iguales tendrían que luchar para recobrar los derechos que miles de angelitos de colección  como estas tres en ese diván satinado estaban desechando.

Cotillearon otro tanto, pero Fleur parecía aferrarse a la idea de la pobre japonesa que no veía su posición real en la sociedad. Las otras dos mujeres se sentían algo incómodas por su insistencia: comenzaron a pensar que disfrutaba con el dolor, la ignorancia ajena. Qué inocente, pensaba. Porque para Fleur siempre había sido mejor saber las desgracias de antemano, usarlas, como cartas, a tu antojo. Ese era su reino; de ahí arrancaba las flores podridas que se volverían primero pasiones desechas en su persona, y deformarían hasta sus miradas vacías, movimientos altivos, gestos de asco. Y así era ella, y así sus amigas; como muñecas de porcelana: mucho artificio, completamente vacías.

-¡Divina! ¡Es como un ángel, padre!- Konrad retomó una conversación que su progenitor había aplazado ya el tiempo suficiente por falta de tacto. La idea del amor superlativo e indefinido se estaba asentando en la cabeza del joven holandés, y lo que menos le convenía en ese momento a Nikele era que su hijo le trajera problemas. Negaba repetidamente con una pasión tal, que la palabra “inaudito” se pronunciaba sin esfuerzo a través de su actuar. Era ese tipo de discusión en que una de las partes se frustra porque no consigue el efecto deseado, y la otra porque no comprende la visión del mundo de la primera. Por más que se lo repitiera, no podía creerlo. No quería creerlo.
-¡Konrad van Putten! ¡Vas a casarte con la señorita Biezen! ¡Olvídate de esa mujer, es una prostituta, por Dios! –Su mirada denotaba obviedad, sus palabras casi escupidas por el acento y el tono irracional e insaciable de incomprensión eran severas y desesperadas, buscaban hurgar en algún residuo de sentido común.

Konrad miró por última vez los pequeños ojos de su padre. ¿En qué estaría pensando? Tal vez en las repetidas ocasiones que habría ido al burdel. ¿Se habría acostado entonces con Hitomi? ¿La habría tocado? ¿Habría recorrido su pequeño y enfermizamente blanco cuerpo con esas sucias manos de cerdo asqueroso? Frunció el ceño. ¿Pensaría tal vez en la ocasión en que fueron los dos juntos? Era perfectamente común en occidente que una meretriz estuviera con dos hombres, pero la verdad es que Konrad no tenía idea de si estaba bien visto en Japón. Dedicó algunos segundos a pensar en eso. No se daba cuenta, pero perdía por momentos la cordura. Tampoco le importaría. Solo le importaba ese pequeño tesoro de dieciséis años de edad, tan joven, tan bella. Era suya. Tenía que serlo. Tenía que volver a tenerla, quedarse sin aliento entre sus brazos suaves como algodón. Se dio la vuelta enfadado con su padre, celoso. Bruscamente y sin control caminó hacia su habitación maldiciendo a la pequeña Hitomi por ser una prostituta. Por ser tan fácil, tan sucia, tan despreciable. Todo era su culpa; era ella quien gustaba de tantos hombres, quien, después de todo, se abría de piernas ante ellos. Este pensamiento lo volvía loco, pero extrañamente, también lo excitaba en sobremanera.

-Yo…Yo te quiero. Te quiero con todo mi corazón. –Las palabras de Hitomi sonaban exactamente como lo que eran: la confesión desesperada de un primer amor. Ese amor inocente y sin fundamento, rápido, suave y bello, un amor de jugar, un amor de dieciséis años. Él también lo quería. No sabía donde había huido. Tal vez entre la consciencia del paso del tiempo y el coágulo insípido de decepciones que lo habían hecho madurar tardíamente. Cerró los ojos, muy serio. Ese amor jamás sería posible porque ella era demasiado joven como para entender qué significaba. Pero él la quería, la quería y no debía decírselo, porque ella se aferraría a este ideal que se había generado.  Por primera vez en la vida, por única excepción, Satoshi sentía la necesidad de detener el tiempo y excusar-se por una equivocación. Él, que no importaba y a quien nada importaba. A quien jamás le había molestado una falsa interpretación ya no de sus palabras o conocimiento, sino de su persona misma, necesitaba parar delante de esa delgada muchacha de ojos esmeralda y mostrarse tal y como era. Con todos aquellos pecados que había cometido, explicándose, detallando sus miedos, sus ambiciones, sueños. Enseñarse a él mismo como si Hitomi tuviera que memorizarlo hasta el fin de los días. Hacerle entender que aquella masa heterogenia y sin sentido que había tomado la forma de una sombra de samurái no la merecía. Su único deseo era que viera con claridad a través de él: que viera con su experiencia. Pero eso era imposible, y se limitaba a observarla desde lejos, como un inalcanzable deseoso, como una flor de sutil rubor a la que todavía debía regar y cuidar.

-No. Tú amas el sentimiento, yo soy únicamente la herramienta. Quieres el amor, me idealizas, jamás podrás quererme, dulce Hitomi.-Ella se vio frustrada en el instante por aquella, su respuesta. Veía la melancolía en su mirar, el peso de una vida harta de decepciones. Sentía celos. No. Tal vez no eran eso. Es algo que no tiene nombre. Sí, hay tantas cosas que carecen de nombre, son innombrables, pero perfectamente reales. Se trataba de una sensación amarga de pequeñez. Ignorancia, inocencia ante esa mirada, ante esos ojos cansados de vivir que habían hallado en ella una vela. Al mismo tiempo, se sentía orgullosa de ser el único lugar en donde él podría lanzar todo aquel seguido de acontecimientos, amores, aventuras, deseos. Abocándose a ella como un ciego se lanza al vacío; sin saber qué hay en el fondo del precipicio, sin conocer el lugar. Y ella no podía más que quedarse en un rincón hecho a su medida modesta, observando desde el interior de la niebla aquel maravilloso espectáculo que era el oír su alma. Quería detenerlo. Abrazarlo, sentir que podía proteger entre sus flacos brazos un corazón roto. Aferrarse a él como una tirita, con una sonrisa siempre en el rostro. Porque el problema suyo, que le pesaba la vida, y ella sabía que podía tomar su mano y hacerlo deslizarse entre la gente con ligereza, perdiendo los zapatos, el kimono, los miedos, el juicio, y sobre todo, los papeles. Guardar su amargura, untando con ella una tostadita nada dulce, ni salada, sin sabor a nada, y con sabor a todo.

-Te prometo que…-se vio interrumpida por el tono de voz agresivo de Satoshi. Su espíritu guerrero se había plasmado perfectamente en esa palabra. “Calla”. Tuvo miedo. Miedo del dolor de ese mote. Y calló, porque entendió que debía dejarle tiempo para hablar a él, para explicarse. El samurái entreabrió los labios:

-Calla. No quiero que me prometas nada. Tampoco yo quiero prometértelo. No es como si con ello fueran a cambiar mis sentimientos. No voy a amarte más, tampoco lo harás tú. –Tomó aire antes de seguir ante el asombro de la prostituta, que no comprendía- No entiendo como unas palabras te pueden proferir tanta seguridad. Prometer es fastidioso y solamente te alivia no por el hecho de confiar que la otra persona mantendrá su palabra, sino porque si deja de hacerlo, puedes retraérselo oficialmente. Yo sé lo que comporta una promesa, tú no podrías tan solo imaginarlo: eres demasiado joven, Hitomi. –Aquí su tono de voz había aligerado hasta un punto casi tierno y melodramático- Entonces, prometer es solo firmar una queja por adelantado. Si necesitas que alguien te prometa, ve con Konrad. Seguro que él estará encantado de hacerlo. Yo no voy a prometerte que te amo, y no quiero que jamás me prometas algo semejante.
Un pequeño silencio apaciguó el ambiente que se había estado tensando a causa de sus palabras. Sin embargo, al mirarla a los ojos, Satoshi entendió que había sido muy duro con ella: estaba llorando. Se sentía culpable. Pero no podía abrirle los brazos y acallar su llanto, no podía ser tan cruel. Siguió hablando, aunque ahora, con la diestra alcanzó el rostro ajeno, posicionando las yemas de sus dedos alrededor de esa carita redondeada y delicada, su pulgar en la barbilla, levantándola un poco.

Ella tenía miedo de nuevo. Un miedo que arrastraba maquinalmente, fatigada a causa de su densidad. Realmente era una miedosa. Jamás había conseguido ser una heroína aunque lo había deseado con todas sus fuerzas. Tal vez había sido porque había preferido quedarse sentada, observando por la ventana el mundo exterior, atendiendo los clientes que se le presentaban, uno tras otro, sin más. Una mujer sufrida como las de antes, como las tradicionales.

Se miró los pies, recordando. Recordando cómo desde pequeña había llevado vendas para que éstos se mantuvieran pequeños.  No sabía por qué pensaba en aquello ahora, pero comparó el dolor que sintió con el que sentía ahora. El dolor de esas vendas. Había crecido con el dolor: se había acostumbrado a él. El reino de Fleur era el de la verdad; el suyo, el de la sumisión. Estaba abriendo unas costuras de su corazón que había dedicado a coser y recoser con cuidado. Era curioso, porque ella siempre se había figurado el miedo como un líquido viscoso y oscuro, gélido, triste y solo. Como un fluido asqueroso que devora todo lo que toca, que desvirtúa y deteriora. Un mar de dudas, incierto y susceptible a la aflicción. Una habitación vacía. Sí; había una ociosidad perturbarte en ese lugar hueco, una tilde que recordaba a Fleur: pensar solamente en la oscuridad, pasando horas buscándola, días, tal vez incluso años, intentando en vano creer que se es una especie de centinela indispensable nombrada por el Universo, como si con el mero hecho de mirar ya pudiera uno mantenerlo todo a raya.  Pero…Ahora veía claro que los monstruos untados en este líquido parecido a la tinta que usaba para maquillarse los ojos no existían. Comenzaba a tener la percepción de otros miedos mucho más abstractos. Miedo de no ser lo que se espera de ella. Miedo a la decepción. A que la miren y no la vean, que la oigan y no la escuchen. De no ser suficiente. No lloraba por las palabras del hombre que amaba, lloraba por su dolor, por un dolor que no era suyo. Después de todo, tal vez Felur y Hitomi tenían más en común de lo que podría uno esperar. Esa confesión había generado un pequeño e intenso punto de dolor en la pelinegra. No era lástima por él, es que lo entendía. Entendía y asimilaba cada palabra que salía de sus labios cortados. Por algún motivo y sin quererlo, había sido capaz de robar un poco de aquella su melancolía, abrazarla como se abraza a un recién nacido y hacerla suya. Suya para siempre. Un nuevo inquilino en el desván de las zozobras ajenas. Pero en el fondo, en el sentido puro de sus palabras, no quería saber a qué referían. No. Ya había, por entonces, adaptado el dolor a sus cargas personales. Esos pequeños suicidios habían sido en ella los múltiples sueños olvidados que una vez tuvo que ahogar con sus propias manos. Era como una arpía, matando sus ilusiones y adoptando males ajenos, cuidándolos con rencor. Tal vez sentía que necesitaba más penurias de las que lamentarse, porque quería experimentar en su cuerpo de dieciséis años, el dolor de un hombre bastante mayor. Sus palabras habían logrado hurgar en una parte de ella creída funesta. Y era curioso, porque todo lo sentía ella en un instante, pero no sabía cómo pronunciarlo ni ordenarlo. Como si algo en su interior luchara intensamente para que no pensara, tratando de mantener a flote todas las espinas. Tal vez, si se le clavaran, la ayudarían a sangrar veneno.

-Quiero que, si mañana mis labios siguen siendo solo tuyos, y tus ojos únicamente míos sea porque ambos lanzamos el alma por la ventana, porque, a pesar de no tener ni la seguridad ni el derecho de despertar uno al lado del otro, nos permitamos el capricho de hacerlo sin remordimiento alguno, tengamos fe en que nuestro amor lo hará posible un nuevo día, de que, desde el corazón, no hay cadenas que nos unen; solo latidos a compás.

Hitomi había entendido perfectamente que esa continuación solo servía para aligerar la idea central, para que dejara de llorar. Pero ella no quería dejar de llorar. Se sentía cómoda haciéndolo. Se sentía en casa. Ahora era su turno, sin embargo. ¡Qué pena que no la dejaran dormir cinco minutos más entre los brazos del lamento! Él esperaba una respuesta, y ella tenía mucho que decir, pero no sabía por dónde comenzar. No pensaba, solo se hacía partícipe de algún tipo de grabación predeterminada en ella. Terminando ya la frase, se daba cuenta de lo insensato que había sido pronunciarla; de lo infantil que debía parecer.

-Las promesas son preciosas…Las detesto, pero me encantan. Son como…cadenas preciosas.

Él tomó aire, sonriendo tristemente. No podía mantenerse separado de ella ni un segundo más: la abrazó. Primero con suavidad, después con algo de presión, recorriendo su espalda cubierta por un kimono con las manos, incansable, de arriba abajo, sabiéndola suya, por unos momentos. Escondió el rostro en su cuello como haría un niño pequeño, y en un tono más ahogado, prosiguió sin detenimiento. Aquella tristeza era tan pura, tan directa del alma, que asustaba. Lo manchaba todo con su descontrolada fealdad.

-No voy a engañarte. Promesas no tengo: las he perdido todas. Tú todavía no las has gastado y me emociona que te aferres a esta voluntad indomable que te caracteriza. Eres tan tú que nadie podría detenerte jamás, Hitomi. Y yo no osaría. Pero existe el tiempo, al que no conoces y en quien yo soy un experto, que siempre olvidas. Creo en ti, pequeña flor de ojos esmeralda, eres mi religión secreta, mi dogma, mi oración antes de dormir, y creo especialmente en tu devenir. Hitomi, desearía verte crecer siempre, contemplar como muestras cada una de tus bellezas al mundo, desplegándolas como harías con un abanico, enamorando a todos.

Quería besarla. Ahora, de inmediato. Lo necesitaba. Hacerlo de una forma impaciente, desordenada, desbordada, hasta perder la respiración y quedarse sin palabras, sin pensamientos.


Última edición por Queen~ el Lun Ene 11, 2016 3:44 pm, editado 1 vez




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MiniFic Re: Matar rápidamente a tus protagonistas

Mensaje por Queen~ el Lun Ene 11, 2016 3:43 pm

-¡He dicho que no!- Nikele era un hombre peculiar. Todos los japoneses estaban repugnados por su aspecto físico. No es sencillamente que fuera gordo. Esta palabra puede describir a muchas personas, pero no a él. Él estaba relleno, muy relleno. Los trajes le iban ajustados, y tenía que mandárselos hacer a un modista especial porque tenía las pantorrillas bastante más delgadas que el resto del cuerpo. Sin embargo, se sentía cómodo vistiendo como una longaniza, debía verse atractivo. Se podría definir como una albóndiga pinchada entonces, porque este hombre era todo barriga. Rubio, o al menos eso dejaba entrever su escasa cabellera que orgulloso mostraba como quien pasea un diamante por la plaza mayor. Unos pequeños ojos de un azul muy claro eran lo único que recordaban ligeramente a su hijo. Esos botoncitos estaban demasiado juntos, y el diestro siempre iba anticipado por una lente innecesaria con el borde dorado y una cadenita que, si se seguía, conducía a un bolsillo en su chaleco muy a la moda.
Tenía unos labios como de bebé, gruesos y siempre húmedos, y ni un pelo en la cara. Si te fijabas en sus movimientos, dirías que le costaba hasta doblar el brazo, porque sudaba a todas horas como un mártir y se empeñaba en el uso de una colonia estridente que no hacía más que empeorar su olor. Pero lo que más repulsión generaba de su aspecto era una inmensa papada imposible de disimular sobre la que descansaba el resto de su rostro en forma de huevo. Cuando hablaba, no podías mirarlo a los ojos de tan llamativa que era. Pero Konrad, su hijo, estaba ya acostumbrado a ella. Miraba fijamente y con un enojo notorio a los ojos de su progenitor. El querer aparentar más pomposidad de la necesaria hacia de él un hombre estridente y hasta ridículo, esto, su hijo, no lo había heredado.

Los dos habían venido unas semanas antes de Holanda con ambiciones puramente económicas. Japón estaba anclado en una tradicionalidad que querían destruir. Y de hecho, lo estaban consiguiendo sin esfuerzo alguno, pues tenían a las autoridades del país bailando como putitas a sus pies, embaucados por la riqueza, la mecanización, la modernidad y en general, el rumbo tan distinto que había tomado la cultura europea. Y aquello exótico para ellos les enamoraba hasta tal punto que se habían bajado los calzoncillos sin pensárselo dos veces. También es cierto, si más no, que muchos de ellos intentaron resistir a las encantadoras amenazas holandesas y posteriormente alemanas, pero el éxito, para hombres de éxito, estaba más que garantizado. Porque evidente es que si todos de pusieran de acuerdo, compatos y dijeran “ea, se acabó la farsa; desde hoy abajo la política de personas y arriba la de los grandes intereses del país…”, todo podría haber salido de una forma distinta. Ninguno de ellos era lo suficientemente humano como para pensar algo como aquello.

-¡Qué más da, podemos sencillamente comprarla! ¡Te sobra el dinero! –Los gritos en holandés asustaron a la mujer de servicio, que se retiró de inmediato. Konrad no entendía por qué su padre se negaba a comprar a la puta de la que él estaba enamorado. ¿Por qué no? No importaba en absoluto. Eran ricos, nadie les podía decir nada.

-Tú no entiendes, hijo mío, los sacrificios que uno tiene que hacer en esta vida para alcanzar el poder. No puedes dejarte llevar por las pasiones, tienes que ser una criatura racional. – Pero esta afirmación no le cuadraba al joven señorito. Porque si bien era cierto que su padre era un hombre racional como profesaba, había ostentado hasta entonces una larga cadena de indecencias y excesos. ¿Por qué entonces, no quería que Hitomi estuviera con él? ¿A caso su padre tenía miedo de la puta? ¿Tenía miedo de enamorarse de ella? Pensó de nuevo en aquella vez que habían estado ambos en el burdel; intentó recordar la cara de Nikele. Intentó buscar en aquel recuerdo cualquier pequeño indicio de deseo de posesión. ¡Hitomi era suya! No podía permitir que su propio padre se la arrebatara, le resultaba asqueroso y fastidioso. Tenía ganas de pegarla. De tirarle de los pelos a la maldita que se había atrevido a traicionar su amor desinteresado. Imaginando que se trataba de la japonesa, golpeó con fuerza una mesa, y agarrando el mantel sin piedad rompió la vasija de encima. Pensó que se lo merecía. Que se merecía aquello y más, porque no era lo suficientemente inteligente como para valorar lo que él haría por ella. El grito que había desenvuelto entonces pareció más el sollozo de una bestia que otra cosa.

-Eres despreciable. ¡Casi tanto como ella! ¡Tiene que ser mía! ¿Lo entiendes? ¡Solo mía! – Su padre, acostumbrado a esta clase de rabietas, se retiró murmurando lo decepcionado que estaba por no haber tenido otro hijo más prudente y menos violento. Él siempre había alabado públicamente una vida fuera de lo común, había especulado pasiones que jamás habría cumplido. No habría seguido sus propios consejos de ninguna de las maneras, pues si se podría calificar a Nikele con algún adjetivo positivo, este sería prudente. Era prudente, claro que con los pequeños deslices de cualquier hombre, pero prudente. Desde luego, su hijo había adoptado una forma de vivir que él jamás osaría defender ante nada ni nadie, porque no tenía sentido, porque vivía alimentándose de sus caprichos furtivos, sin ningún objetivo fijo, sencillamente dando pequeños pasitos en una calle sin dimensiones, que no llevaba a ninguna parte, porque no podría llevar a nada.

Fleur los escuchaba discutir desde afuera.

Hitomi se asustó un poco entre los brazos del samurái, al ver su katana. No se había percatado de que llevaba una. La época Meji estuvo caracterizada por la disolución y desaparición de casi todos los clanes samurái de Japón, que representaban una fuerza tradicional imponente y cuyo poder fue menguando a causa de la “sutil invasión” de occidente y la llegada del mundo mercantil y mecánico. Se había prohibido ya por entonces ir armado por la calle, pero a pesar de ello, Satoshi –y tantos otros samuráis- consideraron esta nueva ley como una falta de respeto, y no la cumplieron. Esto costó varias vidas, pues aunque no los mataran únicamente por ellos, defenderían sus principios hasta el fin, y este carácter revolucionario si los llevaría a la tumba. La prostituta se sorprendió. No había visto al hombre como un guerrero, más bien había conocido tan solo una parte blanda y sensible que probablemente él no habría dejado entrever jamás a nadie. Sentía que podía abrazar esa ventaja, acomodarse en ella.

-¿No te gusta?- Unos segundos después, él se dio cuenta de que se había fijado en la empuñadura. Rápidamente pero sin afán de asustarla, se quitó el arma del obi  y la mantuvo sobre sus dos palmas, casi como otorgándole el derecho de tomarla y cortarle la cabeza . Ella se sintió algo descolocada, sin saber qué decir, ni qué hacer. Jamás había visto una de tan cerca, y no pudo concentrarse en sus detalles. Se sumergió en las pequeñas cicatrices de las manos varoniles que se la mostraban. No eran unas manos suaves para nada. Estaban hartas de trabajar, callosas y sucias. Las uñas eran cortas, y parecía no tener casi movilidad. Eran las manos de un luchador, de una máquina de matar. No entendía como esas manos podían, sobre su piel, conseguir un efecto tan placentero. Sonrió levemente y negó con la cabeza.

-Me gustas tú.- Él suspiró un poco, como dando por obvio que aquella respuesta era tan infantil como se podría esperar de una chiquilla de dieciséis años. Ella lo entendió y rió. Él también. A veces, le gustaba hacerse la niña pequeña. Imaginaba que Satoshi se sentiría culpable por amarla. Pero… ¿La amaba? Lo daba por hecho, pero, ¿era realmente así? Jamás se lo había dicho: no directamente. Pero aquellos ojos marrones y masculinos, hallaban en ella un dulce país imposible de amor. Satoshi prefería la vida en los sueños, feliz hasta que despertaba desilusionado, abrazando el vacío sin querer, sabiendo que no podría tenerla, que ella jamás lo amaría correctamente, que sencillamente sería un ideal intentando ser arrastrado. El sueño era aquella realidad que le negaba el desdén de la juventud de su amada. Unos ojos marrones. Ella veía en esos ojos el amor que no había, por el momento, profesado de palabra. Dicen que los ojos son las ventanas del alma. A ella le gustaban los ojos. Esas extensas gamas de colores tan diversos y contrarios que luchan entre sí en una eterna batalla para predominar en los orbes. Le gustaba observar los ojos de todos cuantos la visitaban, buscar en ellos algún regocijo de sincera confesión. Y le gustaban los ojos de Satoshi. Tan sencillos, básicos, rústicos, primitivos. Y tan cautelosamente elaborados. Dos pequeñas gotas color tierra caídas del cielo al azahar. Dos almendras recubiertas de una brillante capa de muerte, de profundidad. Si, eran tierna, misteriosa y mágicamente profundos. Tanto que podrías mirarlos y sentir que caías dentro. Porque allí, entre tanta muerte y desolación, entre tanta pereza por vivir, había una pequeña luz sin nombre, ni rostro, ni alma. Delineados aquellos orbes por una suave y ahumada esencia color caoba, bailando entre esos matices imperceptibles que solo alguien como ella, que dedicaba horas a observarlos, entendería. Como cuando algo se muere, la nostalgia florecía de ellos. Como un maquillaje, unas cejas tensas y pobladas, anguladas, densas, marcaban el peligro que podrías llegar a encontrar en el interior de ese ser tan maravilloso. Unos corrientes ojos marrones; nada más.
Tras apartar la mirada de aquellas manos, Hitomi se fijó en la empuñadura de la katana. Era preciosa, y a la vez, terrorífica. El gravado mostraba a una mujer con cuerpo felino y tres rostros, acurrucada entre la maleza de un espero bosque.

-Es como una deformidad – “¿Y qué somos tú, yo, y todos, si no una deformidad de la naturaleza, querida Hitomi?” quería responderle. No lo hizo. No estaba seguro de que ella pudiera comprender aquellas palabras, o al menos, no correctamente. Se mantuvo en silencio, ambos miraron aquella preciosa empuñadura con detalles de ónice. Él recordó de donde había sacado el arma; ella, se imaginó que si ese ser existiera, sería terriblemente lujurioso. Y sin saber por qué, se imaginó a tres mujeres sentadas en un sofá de satén azul, criticándola, pudriendo sus propias vidas mediante el veneno que le lanzaban. No quería pensar en algo tan horroroso. Además, jamás había visto un sofá de satén azul, acolchado, como debían ser aquellos en los palacios y las casas caras. Su percepción, entonces, era un poco ambigua y probablemente muy diferente a la realidad.

Volvió la mirada hacia arriba. ¿Se había enamorado de un hombre? No entendía el significado de aquello, pero le hacía daño. Un daño inexplicable pero presente. Intentó excusarse. Estaba segura de que en algún momento, por cualquier parte, todo se quebraría. Convencida de que todo debe terminar, pero con una inocencia que la hacía creerse capaz de detener el devenir del mundo mismo. Ese amor que ardía con pasión; ella sentía que en algún momento las llamas se extinguirían, porque nada es para siempre, porque lo que dura para siempre no es bonito, ni bello, ni tiene valor alguno.
-Yo…Tu…El deber de una geisha es…No puedo sentir amor por ti, Satoshi, es indebido, incorrecto.- Satoshi miró hacia otro lado. No quería ver la cara de su amada en aquellos momentos. Aquel era uno de los motivos por los que se había propuesto ayudarla como fuera: Hitomi creía que era una geisha, cuando únicamente era una prostituta. El ama de la casa le había hecho creer tal cosa desde que era pequeña, y ahora temía ver desperdiciada la mayor belleza del burdel por revelar el secreto. Al samurái le dolía en el alma, porque la ignorancia y bondad sin par de la pelinegra eran fascinantes, delicadas, melancólicas. Estaba triste, porque se veía obligado a seguir engañándola, se veía arrastrado a ese mundo tan dulce lleno de problemas banales, ajenos a ella, desencajados completamente de la realidad. Se levantó, dispuesto a marcharse. Hitomi no lo detuvo.

No se atrevió a decir una sola palabra más.

Hitomi sentía desordenado su corazón. Se sentía vacía. Solía contemplar con envidia las muchachas que salían de la casa y andaban libremente por la ciudad: a ella jamás la dejaron salir del prostíbulo por razones obvias. Entre las ventanas, recordaba pedazos de la tarde que había pasado con su querido. En sus ratos libres no solía pensar, era una chica bastante insípida, para nada sólida. Su conversación era aburrida, ella era sobria, fría y aburrida. Se sentía incómoda siendo así, y hacía incómoda su presencia ante las demás personas. No tenía ningún interés como persona, y ese era su más grande interés. Todos quienes se acercaban a ella, deseaban llenar su oquedad con ellos mismos, y un silencio que en principio se hacía partícipe de mantenerse al margen de ella, invitaba ahora a vaciar cántaros de vivencias en un pequeño cuerpo tantas veces usado, una pequeña mente virgen de ideas propias.

Era preciosa. Tanto, que su belleza aburría. Era una persona tan llana que ni con kilos de artificio hubiera lograr ensanchar un poco esa delgadez de carácter, esa mentalidad tan perfecta, tan formada, tan elevada. ¿Qué hay de bello en algo que lo es en su totalidad? La magia desaparece una vez arrastrado a la realidad el tópico de la mujer angelical. Cuando esos dorados y largos mechones relucen ya más que el Sol, cuando ya los labios son más rojos que el carmín.  ¿Qué, después? ¿Con qué podría compararse algo que brilla más que el Sol? Se pierde. Se pierde en una percepción que ya no es humana, y lejos de intentar abarcar otro mito superior, sigue teniendo silueta de mujer, una silueta perfectamente humana. Nada de sensual aquel tipo de amor intelectual, etéreo. Porque después de todo, una mujer no es una pintura, es un personaje redondo, o al menos, así debería ser. Fleur no lo era. Fleur parecía trazada con un pincel nada barato, usando óleos caros, sobre un tapiz igualmente costoso. Seguramente sería un perfecto objeto de decoración, sí. Jamás una perfecta mujer. Y eso era lo que la alejaba de Hitomi.

Tenía la talla perfecta, y el cabello más cuidado de toda Holanda, y probablemente, de Japón. Solía recogerlo en un lazo, dejando únicamente dos mechones caer sobre sus senos y un flequillo perfectamente cortado, esponjoso, alejado de aquel tan liso de las japonesas. El cabello de Fleur era además ligeramente ondulado, lo que le profería una sensación marina que se intensificaba al perderte en sus ojos ahumados, grises, sin sentimiento, relajados, tranquilos. Con la calma de haber vivido todo lo que tenía que vivir. Era una superioridad insaciable pero que parecía desenvuelta sin pretensiones. Lo hacía todo con una elegancia tan propia de su clase social que era difícil imaginarla de cualquier otro modo.

Porque era genial, su comportamiento exquisito, y la posición de cada dedo estaba tan estudiada que no costaba creer que había nacido así, como era ella, completa.

Solía llevar largos vestidos propiamente ingleses o franceses de color azul, rosa o violeta. Los pliegues se adecuaban a su figura esbelta, fría, y los corsés le hacían todavía más pequeña una cintura que casi podría abrazarse con la unión de ambas manos. Al verla de lejos, con su taza de té, o su sombrilla, parecía un canon de belleza exótica, la envidia, parecía un paisaje desvivido, irreal, como un ángel. Pero cuando mirabas aquel terroríficamente práctico rostro, el escalofrío del correr de un reptil serpenteaba por tu cuello, ahogándolo, haciéndote entender que aquella hermosa cara de ángulos perfectos no era más que las puertas hacia un mundo podrido que sus ojos dejaban entrever. Una flor sin vida, una genial interpretación.


Los integrantes de la familia Biezen siempre habían mantenido buenas relaciones con los Van Putten. Y bueno, como quien por Navidad regala una caja de galletas danesas a aquellos que aprecia, cada una de las partes puso en juego a sus herederos para unirlos en matrimonio. Y así fue como, desde que nacieron, Fleur y Konrad supieron que tenían que casarse.

Ella no había sido siempre una víbora. No. En su tierna juventud, Fleur poseía una gracia interminable, una alegría indomable y unas ideas casi revolucionarias. Estaba dispuesta a tomar un camino alejado de lo que podría esperarse de una mujer de su casta. No era guapa, no. Era mucho más rizada, y escondía aquel cabello insensato detrás de algunos pañuelos cansados de sostener esa cabecita tan llena de sueños impropios e imposibles. Su rostro era tan corriente que no merecía descripción. De lo que fue aquella muchachita rebelde solo se conserva su nariz tan recta que le daba unos aires de Cleopatra barata. Los labios sencillos, finos, finos. Y sus ojos grises tenían por aquel entonces un brillo casi llameante, siendo el eje central de su persona. Allí entendías que Fleur era todo fuego y pasión: una mujer valiente, temeraria, arriesgada, decidida. En medio de todo aquel montoncito de chatarra herrumbrosa vestida de gala habitaba  un punto de vida magistral.
Lo que más, y tal vez lo único que podría fascinarte de ella era esa mirada tan sincera, esos pensamientos que tan honestamente dejaba entrever. Solo era una mujercita del montón en una casa de gente rica, como cualquier otra,  sin igual. Era como una pequeña maravilla, como el pan recién horneado. No podías percibir su increíble composición hasta que la probabas. No era guapa, no.
Ahora lo era, y caro le había costado el cambio, pues sus ideales principios, temores y debilidades se habían visto extintos por el fuego de un ideal frustrado, de una vida demasiado sencilla para alguien tan grande que no cabía en sí misma. Y toda aquella porquería que supuraba la desesperación que le había acarreado el no ser quien quería ser, la llevaron a una posterior asimilación del sentido de su vida, y a la forja de una mujer serena, cuidada, y encerrada en sí misma. Orgullosa y fría. ¿Y era guapa? Sí, preciosa, era.

Él…Él era el típico galán de ojos azules y media melena rubia. Con algo de barba, llevaba también unas gafas rectangulares. Medio afeminado en su actuar en comparación a la severidad samurái, se defendía con ideas ilustradas y occidentales. Era un hombre demasiado agresivo, acostumbrado a conseguir lo que deseaba en el momento en el que lo deseaba. Y eso, eso le costó la vida. No amaba a Fleur, pero probablemente era la única mujer del mundo a la que respetaba. Hasta a él le infundía un miedo incomprensible. No la consideraba de su propiedad como podría hacer con Hitomi, pero aceptaba, en el fondo, la decisión de casarse con ella. El problema es que quería saltarse de todas las formas posibles los compromisos matrimoniales. Para Fleur aquello no suponía ningún problema, pero se veía que sí para la sociedad. La lástima que inspiraban unos prometidos tan incompetentes estaría por mucho tiempo estampada en el alma de cuantos los conocieran. Habían venido a Japón no tan solo para mejorar el rendimiento económico de sus familias, sino para deshacerse de las malas miradas que los observaban con superioridad allí en Holanda. Aquí, eran ellos los que, de diferentes formas y cada uno por su parte, se conseguían su posición.

Acababan de entrar en el prostíbulo. Nikele ya había ido ahí anteriormente, era la primera vez para Konrad. Al verlos, la dueña, entendió perfectamente cuál era su intención, además de la muchacha a la que deseaban. Querían a Hitomi, y pagarían lo que ella les pidiera. En el fondo, le daba algo de lástima que la pequeña muchacha tuviera que soportar a engendros de aquel calibre, pero el dinero…ah. El dinero.

Pronto estuvieron dentro de su habitación. Cerró Nikele la puerta corredera, mientras el ya descalzo Konrad caminaba lentamente por encima del tatami. Sabía que el incienso acababa de prenderse, y que cuando se apagara, tendrían que retirarse . No había tiempo que perder.

Muchas prostitutas trataban de imitar el estilo de las geishas, pero desde luego su formación se alejaba bastante de éstas. Se vestían con exceso de maquillaje y adornos en el peinado, y con unos kimonos preciosos. Algunas hasta aprendían a usar los abanicos con algo de gracia. Hitomi sabía cómo hacerlo. Se confundía con facilidad a una geisha con una mujer de placer. Era menester que los cabellos fueran lo suficientemente largos como para hacer los elaborados peinados que se realizaban a ellas mismas –tanto unas como otras-, y adquirieron pronto estilos muy similares. Hitomi había aprendido a usar los kanzashi, kanoko y miokuri  para que su densa cabellera negra se viera mucho más bonita, pero por supuesto, todo el mundo sabía diferenciar, una vez dentro, lo que se trataba de un lupanar y lo que no.

En el momento de entrar, Hitomi estaba mirando por la ventana con el corazón en el pecho. Había tardado un poco más de lo normal en terminar de alistarse, y aquello hubiera podido perjudicar su imagen ante la clientela. Por suerte, había logrado terminar con rapidez. También terminó rápidamente Konrad, ante la mirada satisfactoria de su padre.

No. No podía ser verdad. Corría desesperadamente en un intento de huir de algo, de alguien, que no era real. Porque no podía serlo. Era tan incomprensible aquel tipo de dolor, tan desgarrador, que habría podido romper el mundo en mil pedazos. En su interior gruñía con fuerza un animal incontenible, como poseído, terrible y atroz, desenfrenado, insaciable de una venganza imposible. Como una madre que pierde a su hija pequeña y necesita ser sostenida antes de perder la compostura.

Satoshi había cedido todo el valor de su vida a la de Hitomi. Había regalado todo su ser, se había vendido. Y parecía que de aquel acontecimiento se habían lanzado cohetes, y todos conocían su debilidad, todos sabían que ya no podría sentir dolor de ningún tipo a no ser que fuera a través de la pequeña chica de dieciséis años de edad. Solo dieciséis años. Recordaba todavía la sangre, tanta sangre. Sangre de dieciséis años. El sonido que en su alma volvía una y otra vez lo martirizaba. Estaba tan acostumbrado a ver las fauces del fin de la vida, que jamás se había detenido a contemplar al lobo. No había visto nunca algo tan desagradable, tan terrorífico e inhumano. Recordó el día en que Hitomi se había alterado al ver la criatura de tres cabezas dibujada en la empuñadura de su katana. Tan deforme.

Cerró los ojos con fuerza, y al abrirlos, veía nublado. Se estaba mareando tal vez, dejó escapar un grito en medio de la noche que importunó a los múltiples cuervos escondidos en la maleza. Allí fue él. Y, golpeándose sin querer contra varios árboles, perdido y desorientado se aguantó la melena antes de vomitar. Vomitó con asco, llorando como un niño insatisfecho. Lloró frustrado, desvaído, descontrolado. Se secó con la manga del kimono, con fuerza, pero entendió que seguía llorando, no podía parar. No sentía el dolor del llanto en su corazón. No. El dolor del llanto es seguro y hasta cierto punto, cálido. Es un lugar conocido y en cuyas paredes puedes posar tus manos para sostenerte. Él no podía sostenerse en ningún sitio mientras, nuevamente, emprendía el rápido caminar bastante más patoso hacia el templo cercano. Sentía una oscuridad invadiendo su alma, y  cuando llegaba ya al último eón del lugar al que se dirigía, rompió en una atroz y cantarina lamentación sin sentido, ni base, ni fundamento, llena de ira, y rabia, y pobreza. De una patada rompió la puerta de madera y tela que separaba el interior del exterior del templo, y tardó muy poco en arrodillarse frente al altar, con la katana en la mano.

Sabía que pronto se reuniría con aquella que había sido capaz de sonreírle sin importarle nada más, que en breve podría hundir nuevamente su cabeza de niño inmaduro y torpe en el cuello pálido de la amada. Cerró los ojos. Podría oler su perfume. Condujo el arma con un movimiento casi estudiado hacia un lateral de su torso. Podría hacer como si nada hubiera sucedido. Levantó ambas manos, con una seguridad totalmente incoherente. Porque ahora solo olía a vómito. Tomó aire por última vez. A sangre. Y dirigió la katana con fuerza y pasión hacia su propio cuerpo, destrozándolo, aunque no tanto como estaba ya destrozada su alma. A muerte.

Sí. El sonido que exhalaba su corazón, también era el sonido de la muerte.


Hitomi era una muchacha común y corriente. Tal vez era eso lo que la convertía en alguien maravilloso y deseable. Era delgada pero esbelta, muy pálida, además de acentuar su enfermizo color con maquillaje de blanco puro. Tenía una habilidad natural para meter la pata, pero gracias a la constancia y la perseverancia, había logrado una muy buena imagen. A pesar de tener tan solo dieciséis años, Hitomi era ya una mujer perfectamente formada. No es que fuera del todo guapa; pero el maquillaje, y esa sensualidad exasperante que desde siempre había tenido, le proferían unos aires deseables que ninguna otra mujer allí tenía. Su cabello largo y lacio era negro, negro brillante, casi como el pelaje de una pantera. Sus ojos grandes y expresivos no eran para nada los de una chica de su edad; esmeraldas intactas y que inocentemente recorrían el mundo sin esperar nada más que experiencias nuevas. Toda aquella ignorancia desenvuelta hacía que cualquier hombre con un mínimo de decencia se sintiera culpable de poseer su cuerpo. Hitomi podría pasar perfectamente por una señorita si no abriera jamás la boca, y no mirara con su fascinación común a todo el mundo, buscando explicaciones, experiencias y motivaciones.
Su personalidad estaba tan poco formada, que lo único que sobresalía de ella era una melancolía fuera de sí que le venía dada porque vivía una vida que no era la suya sin saberlo. Y esa extracción de la verdad, ese alejamiento, sentenciaba un pequeño punto de duda que la había hecho reflexionar a veces antes de dormir. Pero pensar, para una mujer como ella, era una pérdida de tiempo. No tenía ninguna opinión sincera ni propia sobre nada, pero su mayor atributo era que se trataba de una chica muy decantada al servilismo, y se le hacía muy fácil escuchar. Siempre se posicionaba a favor de sus interlocutores, compartiendo sus opiniones respecto a todo. Así, ellos se sentían acompañados, y ella, algo más inteligente.

Desde pequeña había sido criada por la mujer que llevaba el prostíbulo, y ambas mantuvieron un afecto silencioso y algo lejano, casi como una relación de maestra y alumna, como era usual. Sin embargo, en esta ocasión la maestra vio en Hitomi un deseo de ser geisha que sería imposible de cumplir, por lo que la engañó durante toda su vida, haciéndola creer que el lupanar era una casa de geishas, y que ella era una maiko  por el momento. El plan le salió perfecto, y la consciencia se fue aligerando con los años. La ayuda de las demás prostitutas, que sintieron pena por Hitomi, fue indispensable para que ésta no se diera cuenta del bulo.

Casi nunca se podía verla sin maquillaje, porque siempre estaba dispuesta y bien dispuesta. A pesar de denominarse como maiko, ella no sabía qué clase de diferencias habían entre estas y las geishas. Así que se maquillaba como las últimas, y también se peinaba como ellas. Las maikos, a diferencia de las geishas, dejaban en su rostro blanco una pequeña línea sin pintar en la raíz del pelo. Las geishas pintaban sus labios completamente rojos, mientras que las maikos solo pintaban el labio inferior y un poco el superior. Eran detalles no muy expuestos ni llamativos, pero existían, y ella no los conocía. La obra de arte de su cabello cada vez le resultaba más sencilla, así que había probado distintos estilos. Y respecto a la vestimenta, solía usar kimonos rosados y azulados con estampados de sakuras.

El sonido de la pistola alteró a todo el prostíbulo. Era de noche, y aquellos días del mes recibían bastantes pocas visitas, por lo que el lugar estaba bastante vacío. El grito de mujer acallado por la fuerza de una bala provocó a la dueña del lugar un enorme pánico, y comenzó a gritar a los guardias con todas sus fuerzas, además de mandar a dos de sus chicas a buscarlos lo más rápido posible. Sabía de dónde provenía el sonido, y tenía la impresión de que todo había sido culpa de un galán de ojos azules con media melena dorada. Pero no tenía el suficiente valor como para entrar ahí. No antes de que vinieran los oficiales. La sangre comenzó a filtrarse entre el tatami y la puerta corredera de la habitación de Hitomi. La mujer cerró los ojos y maldijo todo a su alrededor en un suspiro de los que se inspiran.

Satoshi era un hombre de guerra. Su aspecto físico no difería de cualquier otro samurái. El cabello largo, atado, y unas facciones rudas y rectas. Era silencioso y no aceptaba casi ningún tipo de comentario. Solitario y sereno, había aprendido a acallar todo tipo de pasiones lentamente, a lo largo de su vida, mediante un cúmulo de decepciones. Sin embargo, tras toda aquella suciedad y pereza, existía un deleite escondido. Nada ni nadie conseguía despertarle ningún interés. Y en medio de todo aquel mundo gris apareció esa puta. Tan ignorante, tan corriente. Le dedicaba sonrisas gratuitamente, y saludos desde la ventana. Primero él los evadió, pero llegó un punto que esa alegría y ganas de vivir se le contagiaron, y en la pequeña Hitomi posicionó su interés, su felicidad.

Sabía tanto de la vida, era tan experto, que todo le resultaba demasiado llano para atraerlo. Y le pesaban los años, y los motivos reales para seguir viviendo seguían sin ser suficientes. Su clan se había extinguido por vanidad, orgullo o injusticia. Y solo quedaba Satoshi, solitario y acomodado en una plaza hecha para él, ya entrado en años, con aquellas canas en su largo cabello marrón y la esperanza muerta de vivir algo más que unos días llenos de miseria y el cambio de época, la destrucción de la tradición, la despedida del mundo samurái, para siempre.

Aquella noche había luna llena. Tal vez no era perfecta, pero lo parecía. Era una buena noche para morir. Konrad fue al burdel para hacer el amor con Hitomi. Solo quería desahogarse. Estaba algo alterado porque recientemente había tenido una conversación con su padre sobre la prostituta, y él no era capaz de entender su punto de vista tan obvio. Pero al entrar, no lo dejaron seguir, no. La dueña se dirigió a él cordialmente, explicándole que Hitomi estaba atendiendo a otro cliente. ¿A otro cliente? ¿Otro hombre estaba disfrutando del cuerpo de su puta? Frunció el ceño y terriblemente enfadado se dirigió hacia la habitación de ella. Al abrir la puerta, no encontró a nadie directamente. La intromisión había asustado a la chica de cabello largo y negro que, desvestida de cintura para arriba, se encontraba un poco lejos de aquel que estaba con ella: Satoshi. Se tapó con rapidez, y Satoshi se dio cuenta en ese momento de la presencia de Konrad.

Por algún motivo, cuando un hombre engaña a su mujer con otra, la primera suele enojarse con la amante. Pero… ¿Por qué no tanto con el hombre? ¿Por qué suelen perdonarlo y tolerarlo, guardando rencor a la chica? Konrad sintió asco por la mujer, no por aquel con el que supuestamente lo traicionaba: después de todo, era una puta, no lo traicionaba, aquella era su vida. En un ataque de ira, Konrad se cansó de la tontería. Se cansó de aquella belleza de ojos esmeralda.

Uno, dos, tres segundos. Clack.

Disparó.

Una bala. Una muerta.

Se arrepintió al momento, como solía hacer Hitomi al hablar con Satoshi y plantear su punto de vista propio tan poco desarrollado. Se arrepintió durante un momento. Después, se excusó a sí mismo.

-Si no eres mía, no eres de nadie.

Satoshi observó la rapidez con la que se había desenvuelto la situación. Los ojos lo engañaban, porque no podía ser. No podía ser que la dulce mujer con la que momentos antes hablaba tan afablemente ya no volvería a reír nunca. Se atrevió a mirar los desperdicios que un disparo tan cercano habían producido. Se tragó el vómito y tembló. Y se miraron. Konrad y Satoshi se miraron. Fue su culpa. Fue ella quien lo había provocado todo. Satoshi tomó la katana, y sin esfuerzo alguno, mutiló al holandés. La mano que sostenía la pistola también temblaba instantes antes de que el tendón se rompiera, tajado  en perfección. Y se la clavó. Él no gritó. O si gritó, Satoshi nunca lo supo. Porque su mente estaba tan ofuscada por el último aliento de su querida, que no se habría enterado, si lo hubieran matado.

Una vez muerto, Satoshi miró a Hitomi en el suelo, destrozada. Se cortó la cola de caballo con la katana. Se llevó la mano a la boca, pero no pudo evitar escupir el vómito que antes se había tragado. Nunca había advertido algo tan desagradable ni dañino. Se marchó corriendo, corriendo a buscar su fin. Porque haría como si jamás hubiera ocurrido nada, moriría con ella, borraría aquel último recuerdo, eliminaría los sentimientos que tan descolocados habían surgido en él y generado una incomprensión a tan extraña situación vivida.

Y cuando las autoridades, siguiendo al samurái, llegaron a un templo cuya puerta había sido derrumbada con una patada y vieron a un hombre arrodillado frente al altar, lo dispararon. Sin piedad. Fusilado. Pero él ya había muerto. Momentos antes, cortado por su propia katana, minutos atrás, de amor.




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